06 agosto 2008

ESCACHO entre el pasado y el presente.

Ciertos días de fiesta abren en mi memoria rasgaduras por donde se cuelan los recuerdos. A veces pienso que incluso demasiados, o que son demasiado jugosos y frescos para ser reales y no teñidos por mi mente (te guiño). Me pregunto cuándo mis vivencias de hace pocos años pasarán a ser fuente de nostalgias, ríos de pensamientos que me lleven hasta allí donde sea. Dónde está el límite entre el pasado pasado y el pasado reciente, y qué hace atractivo ese ayer tan lejano salvo mi propia costumbre de resaltarlo.
No hace mucho, atravesando el centro de la isla por la misma carretera de siempre, y mientras tendía a dejarme llevar por recuerdos de la infancia con mis abuelos, de las risas con mi prima del alma, de las margaritas del invierno en el solitario cementerio, de mano de personas que ya no están o no puedo localizar, analizaba el porqué de esa sintonía con hechos tan pasados. Me quejaba, supongo, de la imposibilidad de atrapar y revivir otros mucho más cercanos, temiendo perderme en brumas demasiado densas fabricadas (¿) por mi mente.
Y de repente, igual que el agua fluye sin posibilidad de atajarla, las imágenes fluyeron ahora en color, aún sin estar teñidas en sepia y las impresiones que estrujaron mi alma podía casi tocarlas en el tiempo de mi pasado más reciente. Aparecieron atardeceres en la plaza solitaria de la ermita del Pino en el monte, con un intenso olor a pinillo y resina, a polvo de caminos arañados a la tierra colándose por la nariz, recuerdos de sofoco y aire denso de siesta veraniega. Escuché voces, la mía también, reverdecidas por el eco del barranco, confidencias y risas que los días aún no sofocaron, sol intenso sobre piel dorada mientras fotografiaba azulejos en la Plaza de Las Manchas, sal y sed, rumor de pinos… y todo es tan pasado y tan presente. Tan lejano como los primeros que puedo apresar, tan cercano como las últimas visitas de hace apenas unos meses.

Y con esa mezcla de pasado y presente, y feliz porque ayer mi retina se llenó de colores que muy pronto podré plasmar, subo hoy una receta también mezcla. Aprendida de bisabuela, abuela y madre, reinventada cada verano que decido volver a hacerla. Cuando quiero sabor isleño, sabor palmero, sabor de centro de isla, recurro a estos sabores. Y qué fácil es revivir una vez más los días de verano de ayer y de siempre, los que siguen siendo, perezosos, pesados y sin embargo intensos y frescos.

ESCACHO.

Ingredientes:
  • Papas
  • Mojo verde (1 pimienta verde, trocito de pimiento morrón del mismo color, 2 ó 3 ajos, comino, orégano, sal, aceite y vinagre)
  • Quesos palmeros rallados (de cabra ahumado), yo uso fresco y algún trozo viejo o incluso garafiano que es más curado de por si.
  • Gofio al gusto (Cereales tostados con sal y hechos harina en molinos de piedra, yo prefiero el mezcla de 5 ó7 cereales)

No queda sino cocinar las papas con sal, escurrirlas guardando algo del caldo, escacharlas con un tenedor y a capricho, yo prefiero que queden algunos bolichitos enteros. Cuando estén tibias, empapar con el mojo verde, si resultara poco mojo o mucha papa, se puede mezclar la salsa con algo del caldo reservado. La idea es luego amasar con las manos el gofio en esta “poliada”. Dejar de consistencia que se pueda amalgamar con el puño con un poquitín de esfuerzo. Completar con los quesos rallados. Tener en cuenta que el curado le dará un puntito fuertecito y el más fresco, será la ralladura que se va a ver al corte. Completar con más orégano si le gusta con más sabor. Ya la cantidad de yerbas y queso es a elección de cada cual.

En muchas casas se completa con pimiento morrón y cebolla fresca picada, lo que le proporciona un toque crujiente y fresco al plato. A mí no me gusta, salvo que lo vaya a comer inmediatamente, que no suele ser lo habitual.
Normalmente lo guardo hecho pellas en un tuper en la nevera. Aguanta varios días, y se toma como picoteo o como plato único acompañando fruta de temporada jugosa: uvas o tunos.

Ay, a estas horas de la mañana que escribo y ya la mente se me va en post de alguna romería, donde suele ser habitual llevarlo en una cesta y compartir. Y para compartir aquí queda...

3 comentarios:

picapusa dijo...

que curiosa receta, no lo había visto nunca, mira si pensé que era un embutido..., me parece una receta muy original para mi que soy de la península

besos adormidera

Adormidera dijo...

Ni siquiera dentro de la misma isla se conoce, Pica. Es una de esas recetas que está muy vinculada a una determinada zona.
En mi caso, por ejemplo, conozco la receta por la familia materna, la paterna ni lo había probado hasta emparentar.
Jamás lo vas a encontrar en un restaurante, por ejemplo, y con lo sabroso, energétido a la vez que sano, libre de grasa, repleto de minerales que es, yo creo que sería muy interesante.

También del mismo tipo pero ya entrando en los fogones, hay alguna receta dulce, quiero decir que amalgama el gofio también pero con miel y frutos secos. Con esto no me he atrevido nunca porque entiendo que para mi gusto va a ser demasiado contundente, pero también es curioso e igualmente sano teniendo en cuenta el integral de los cereales -q sabes qie a nivel industrial suele haber camelo con ésto y venden por integrales harinas blancas con salvado-, la inexistencia de grasa y el aporte extraordinario a nivel nutricional.

En fin, qué voy a decir yo del gofio, si soy una forofa incondicional.
Besitossssssss y muchas gracias por entrar.

Lourdes dijo...

Q RECETA TAN ORIGINAL ME ENCANTA VISITAR TU BLOG
PASATE POR MI BLOG Y RECOGE TUS PREMIOS
BESITOS